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¿Qué es un cigarrillo electrónico y cómo funciona?

Un cigarrillo electrónico no produce vapor de agua: calienta un líquido con nicotina hasta convertirlo en aerosol. Así funciona por dentro, pieza a pieza.

Publicado Actualizado Puff Counter Team 5 min de lectura

  • vapeo
  • cigarrillo electrónico

Respuesta rápida

Un cigarrillo electrónico es un dispositivo que calienta un líquido mediante una resistencia alimentada por una batería. El líquido no se quema: se convierte en un aerosol de partículas muy finas que inhalas. Ese aerosol no es vapor de agua, sino una mezcla de propilenglicol, glicerina, nicotina y aromas.

Un cigarrillo electrónico es, en esencia, un calentador de bolsillo. Una batería alimenta una resistencia, la resistencia calienta un líquido y ese líquido se convierte en un aerosol que inhalas. No hay combustión, no hay ceniza y no hay humo, pero tampoco hay vapor de agua: lo que entra en tus pulmones es una mezcla de propilenglicol, glicerina, nicotina y aromas en forma de partículas muy finas.

Entender el aparato importa más de lo que parece. Casi todo lo que la gente no se explica de su propio consumo (por qué no hay un final, por qué no raspa, por qué se acaba tan rápido) está explicado por el diseño del dispositivo, no por la fuerza de voluntad de quien lo usa.

Las cuatro piezas de cualquier vapeador

Da igual que sea un desechable de colores o un aparato grande con botones: por dentro hay siempre lo mismo.

  1. La batería. Casi siempre de ion de litio. Determina la potencia y, con ella, la temperatura de la resistencia.
  2. La resistencia (o coil). Un hilo metálico enrollado que se calienta al pasar la corriente. Es la pieza que se degrada con el uso y la que da ese sabor a quemado cuando se agota.
  3. La mecha. Algodón, normalmente, empapado del líquido. Lleva el líquido hasta el metal caliente y evita que la resistencia trabaje en seco.
  4. El depósito o la cápsula. Donde vive el líquido. En un desechable va sellado y no se ve; en un recargable lo rellenas tú.

Cuando das una calada, un sensor de flujo o un botón cierran el circuito, la resistencia sube en menos de un segundo a varios cientos de grados y el líquido de la mecha pasa a fase de aerosol. Ese aerosol se enfría por el camino y se condensa otra vez en gotas microscópicas antes de llegar a tus pulmones.

Por qué se dice aerosol y no vapor

La distinción no es una manía terminológica. El vapor es una sustancia en estado gaseoso, como el agua de una olla. Lo que sale de un vapeador es un aerosol: partículas líquidas suspendidas en aire, lo bastante pequeñas para llegar hasta las vías respiratorias más finas.

Esa nube contiene el propilenglicol y la glicerina que la forman, la nicotina disuelta, los compuestos de los aromas y, según la temperatura de trabajo, subproductos generados por el calor. También pueden aparecer trazas metálicas procedentes de la propia resistencia. Nada de esto convierte al vapeo en tabaco (no hay alquitrán ni monóxido de carbono, que son los grandes responsables del daño del cigarrillo), pero tampoco lo convierte en aire con sabor.

La frase más honesta que puede hacerse hoy con la evidencia disponible es la que repiten organismos como la OMS y el NHS con matices distintos: menos nocivo que fumar no significa inocuo.

De los “cigalikes” a los desechables: cómo hemos llegado aquí

El aparato ha cambiado cuatro veces en menos de dos décadas, y cada cambio hizo el consumo más fácil.

  • Primera generación. Imitaciones de cigarrillo, poca potencia y poca nicotina absorbida. Servían de poco y casi nadie se quedaba.
  • Segunda generación. Bolígrafos con depósito recargable y más autonomía.
  • Tercera generación. Equipos grandes, potencia regulable y nubes enormes, con nicotina baja porque a esas potencias raspaba mucho.
  • Cuarta generación. Cápsulas pequeñas con sales de nicotina. Poca nube, mucha nicotina, cero aspereza.
  • Desechables. La cuarta generación sin mantenimiento, sin recarga y sin decisión: se compra, se usa y se tira.

El salto que importa es el cuarto. Las sales de nicotina permiten concentraciones altas que no irritan la garganta, así que desapareció el freno físico que limitaba cuánto podías inhalar de una sentada.

Lo que el diseño te quita sin avisar

Un paquete de cigarrillos tiene veinte unidades y se vacía a la vista. Cada cigarrillo dura unos minutos, obliga a salir a la calle en muchos sitios y termina solo. Todos esos límites son fricción, y la fricción es información: te dice cuánto llevas.

Un vapeador elimina los tres límites a la vez. No hay unidad, no hay final visible y casi no hay aspereza. El resultado previsible es que el consumo se vuelve continuo y automático: caladas dadas mientras miras el móvil, conduces o esperas, que no pasan por la conciencia y por lo tanto no se recuerdan.

Por eso casi todo el mundo subestima su propio consumo cuando lo estima de memoria. No es mala fe: es que el aparato está diseñado para no informar.

Cómo saber cuánta nicotina te estás metiendo

Puedes hacer una aproximación razonable en dos minutos:

  1. Mira la concentración del líquido, en mg/ml. En la Unión Europea el tope legal son 20 mg/ml; en otros mercados se venden 50 mg/ml o más.
  2. Calcula cuántos mililitros gastas al día. Si un desechable de 2 ml te dura dos días, es 1 ml diario.
  3. Multiplica. Un mililitro a 20 mg/ml equivale a unos 20 mg de nicotina contenida al día. No toda se absorbe, pero el orden de magnitud es el que manda.
  4. Cuenta las caladas de un día normal sin cambiar nada. Ese número, y no el recuerdo, es tu punto de partida.

Si el resultado te sorprende, estás en el grupo mayoritario. Y la buena noticia es la otra cara de lo mismo: el cuerpo responde rápido en cuanto la cifra baja. El gusto y el olfato se recuperan en torno a las cuarenta y ocho horas, la sequedad de boca y garganta suele irse en menos de una semana y el sueño se ordena durante el primer mes.

Los dos minutos que cambian la conversación

Hoy no hace falta dejarlo. Hace falta medirlo. Cuenta cada calada de un solo día, sin proponerte reducir nada: si intentas mejorar mientras mides, estarás midiendo otra cosa. Al final del día tendrás un número que probablemente nunca habías visto.

Contar trescientas caladas a mano no se sostiene más de dos días, y ese es justo el hueco que cubre Puff Counter: un toque por calada, tu media real calculada sola y un límite diario que baja poco a poco desde tu propia cifra, no desde una recomendación genérica.

La mayoría de quienes lo dejan necesitaron varios intentos antes de que cuajara, así que el intento que hiciste el año pasado no fue un fracaso: fue parte del proceso. Lo único que cambia hoy es que esta vez empiezas con un número delante.

Preguntas frecuentes

¿Un cigarrillo electrónico echa vapor o humo?

Ni una cosa ni la otra. Lo que sale es un aerosol: partículas líquidas muy pequeñas suspendidas en el aire, con nicotina, disolventes y aromas. Los organismos de salud pública, como los CDC, insisten en el término aerosol precisamente porque la palabra vapor sugiere agua, y agua es lo que menos hay ahí.

¿Qué partes tiene un vapeador?

Cuatro, aunque estén integradas y no las veas: una batería de litio, una resistencia que se calienta, un algodón o mecha que lleva el líquido hasta la resistencia y un depósito o cápsula con el líquido. En los desechables todo va sellado en una sola pieza que no se abre.

¿Los desechables llevan más nicotina que un vapeador recargable?

No necesariamente más miligramos por mililitro, pero sí suelen usar sales de nicotina, que se inhalan sin aspereza y permiten concentraciones altas sin toser. En la Unión Europea el máximo legal es de 20 mg/ml; en otros mercados se venden líquidos de 50 mg/ml o más.

¿Se puede saber cuánta nicotina consumo al día vapeando?

Solo de forma aproximada, y por eso conviene contar. Multiplica los mililitros que gastas al día por la concentración del líquido: 2 ml a 20 mg/ml son unos 40 mg de nicotina contenida. Contar caladas durante una semana da una imagen más real que cualquier estimación de memoria.