Todos los artículos

"Sin humo" y "95 % menos": qué dicen esas cifras

El fabricante afirma que el aerosol tiene niveles mucho menores de sustancias nocivas. Qué mide esa cifra, qué no mide y qué dice la evidencia.

Publicado Actualizado Puff Counter Team 5 min de lectura

  • iqos
  • mitos

Respuesta rápida

La cifra que el fabricante comunica se refiere a los niveles medios de determinadas sustancias nocivas en el aerosol comparados con el humo del cigarrillo. Es una afirmación sobre química, no sobre enfermedad. "Sin humo" describe la ausencia de combustión, no la ausencia de aerosol, de nicotina ni de riesgo.

Las dos frases que más se repiten sobre el tabaco calentado son “sin humo” y “un 95 % menos”. Las dos tienen detrás algo real, y las dos significan bastante menos de lo que parecen. No hace falta indignarse con ninguna: basta con leerlas despacio y ver qué miden exactamente.

“Sin humo”: qué describe y qué no

Es literalmente cierto. Sin combustión no hay humo, y el tabaco calentado no llega a las temperaturas a las que el tabaco arde. Ceniza tampoco hay.

El problema es lo que la frase sugiere sin decirlo. “Sin humo” describe un mecanismo, no un resultado sanitario. Lo que sale del aparato sigue siendo un aerosol, y ese aerosol contiene nicotina, glicerina, agua y compuestos que vienen de la hoja de tabaco, incluidas nitrosaminas específicas del tabaco en cantidades menores que el humo pero no nulas.

Traducido: sin humo no es sin aerosol, sin aerosol no es lo que ocurre, y nada de esto es sin nicotina ni sin dependencia. La expresión funciona muy bien como marca precisamente porque el oído completa la frase por su cuenta.

“Un 95 % menos”: menos ¿de qué?

Esta es la cifra clave y merece una lectura literal.

Lo que el fabricante comunica es una reducción media en los niveles de un conjunto determinado de sustancias nocivas y potencialmente nocivas presentes en el aerosol, comparados con los del humo de un cigarrillo de referencia. Es una medición química de laboratorio y, como medición química, tiene su base.

Ahora, lo que no dice esa frase:

  • No dice que el riesgo de enfermar sea un 95 % menor. Riesgo y exposición son cosas distintas, se miden distinto y en plazos distintos.
  • No dice nada sobre la nicotina, que no está en esa lista de sustancias porque no es lo que se está midiendo.
  • No dice que todos los compuestos bajen. Es una media de un conjunto seleccionado, y los análisis independientes han encontrado algunos compuestos en niveles iguales o superiores a los del humo.
  • No dice nada sobre lo que pasa a veinte o treinta años, que es cuando aparecen las enfermedades del tabaco.

Hay además una confusión muy extendida que conviene deshacer: mucha gente mezcla esta cifra con otro 95 % distinto, el de una estimación de consenso sobre vapeo publicada en el Reino Unido en 2015, que también fue muy criticada por la debilidad de su base. Son dos afirmaciones diferentes, sobre dos productos diferentes, y ninguna de las dos es una medición de daño.

Y por si hiciera falta el precedente: los cigarrillos “light” también reducían medidas de laboratorio. Aquella reducción no se tradujo en menos enfermedad porque las personas compensaban, daban caladas más profundas y fumaban más. Bajar un número en el laboratorio no garantiza nada en el cuerpo.

“Está aprobado por las autoridades”

Otra frase que circula mucho y que conviene precisar.

En 2020, la agencia estadounidense del medicamento autorizó comercializar IQOS con información de exposición reducida: se le permitió comunicar que el aerosol contiene niveles menores de determinadas sustancias. En la misma decisión rechazó autorizar afirmaciones de riesgo reducido para la salud. La diferencia entre esas dos cosas es exactamente la diferencia que este artículo intenta explicar, y no es un matiz burocrático: es la distinción entre química y enfermedad.

Conviene añadir algo más general: autorizar la venta de un producto de tabaco nunca ha significado avalar que sea seguro. Los cigarrillos también se venden legalmente.

Por su parte, la Organización Mundial de la Salud mantiene que los productos de tabaco calentado son productos de tabaco, que su aerosol contiene sustancias tóxicas y cancerígenas, y que no hay evidencia que demuestre que sean menos dañinos que los cigarrillos convencionales.

“Está científicamente demostrado”

Aquí hay un dato metodológico que cambia cómo se lee todo lo demás.

Las revisiones independientes señalan de forma sistemática que la mayor parte de la investigación publicada sobre tabaco calentado está financiada por el propio fabricante, y que los estudios financiados por la industria informan de resultados favorables con mucha más frecuencia que los independientes. No significa que esos estudios sean falsos ni que haya que descartarlos. Significa que el conjunto de la evidencia disponible está desequilibrado, y que un cuerpo de literatura mayoritariamente financiado por quien vende el producto no es la misma clase de prueba que un cuerpo independiente.

“Es tecnología, no tabaco”

Esta no es una frase publicitaria explícita, sino algo más eficaz: el diseño. Tiendas que parecen de electrónica, colores, generaciones de producto numeradas, accesorios, campañas de renovación. Todo el lenguaje visual es el de un dispositivo, no el de una cajetilla.

Funciona porque desplaza la categoría mental. Comprar un aparato bonito no se siente como comprar tabaco, aunque lo que consumes cada día sea tabaco prensado en una barrita. Y la sensación de haber “actualizado” algo hace que muchas personas dejen de considerarse fumadoras justo cuando su consumo diario de nicotina no ha bajado, o incluso ha subido, porque ahora se puede consumir en cualquier sitio.

Lo que sí puedes comprobar tú

Toda esta discusión, sobre porcentajes, agencias y financiación de estudios, tiene una característica en común: no puedes resolverla tú. No tienes un laboratorio y no vas a esperar treinta años de epidemiología.

Pero hay una cifra en toda esta conversación que sí es tuya y que puedes medir hoy: cuánto consumes. Y esa cifra responde la única pregunta que de verdad decide tu caso, que no es “¿es esto menos dañino?” sino “¿esto me está acercando a dejar la nicotina o me está dando una razón para no dejarla nunca?”.

El paso concreto son dos minutos: cuenta cuántos sticks usas hoy, y si también fumas, súmalos en la misma lista. Sin cambiar nada, sin proponerte reducir. Solo mirar el total. Compáralo con lo que fumabas antes de cambiar. Ese contraste dice más sobre tu situación real que cualquier porcentaje de un folleto.

Puff Counter existe para esa parte medible: registra cada stick o cada calada, calcula tu media real y construye desde ella un límite semanal que baja a un ritmo que puedes sostener.

Casi todo el mundo que lo dejó lo intentó varias veces antes de que le saliera. Empezar otra vez no es volver al principio: es empezar con más datos. Y el primero es tu número de hoy.

Preguntas frecuentes

¿Es cierto que el tabaco calentado tiene un 95 % menos de sustancias nocivas?

La cifra que comunica el fabricante se refiere a la reducción media de los niveles de un conjunto de sustancias nocivas en el aerosol frente al humo del cigarrillo. Mide química de laboratorio, no enfermedad en personas. La Organización Mundial de la Salud señala que no hay evidencia de que eso se traduzca en menos daño.

¿"Sin humo" significa que no es dañino?

Significa exactamente que no hay combustión y por tanto no hay humo, lo cual es cierto. Pero lo que sale del aparato es un aerosol con nicotina, glicerina y compuestos del tabaco. Sin humo no equivale a sin aerosol, y desde luego no equivale a sin riesgo ni sin dependencia.

¿La FDA aprobó IQOS como producto menos peligroso?

No. En 2020 autorizó su comercialización con información de exposición reducida, es decir, indicando que el aerosol contiene niveles menores de ciertas sustancias, y rechazó explícitamente autorizar afirmaciones de riesgo reducido para la salud. Autorizar la venta tampoco significa avalar la seguridad del producto.

¿Quién financia los estudios sobre tabaco calentado?

Las revisiones independientes señalan de forma sistemática que la mayor parte de la investigación publicada sobre estos productos está financiada por el propio fabricante, y que los estudios financiados por la industria informan de resultados favorables con mucha más frecuencia que los independientes.